Tucker & Dale contra el mal: el mundo al revés

Tenía ganas yo de echarle el guante a esta comedia de terror que vio la luz en 2010, y que se alzó con el galardón a la Mejor Película en el Festival de Sitges (en la sección Panorama). Pensé con ingenuidad que tal premio me garantizaba al menos que el resultado no me iba a aburrir, pero después de la experiencia tengo que decir que me equivoqué.

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En Tucker & Dale contra el mal todo funciona al revés de lo que esperas en una cinta del género. Se supone que esa es la gracia del asunto. Curiosamente, lo que yo sentí viéndola parece que también va en contra de la opinión casi unánime sobre la película: casi todo el mundo la valora positivamente, mientras que a mí me pareció un coñazo previsible, facilón y con escasa capacidad para provocar la risa.

Lo sé, lo sé, igual el problema soy yo. Lo cierto es que eso del humor es un asunto muy personal, y es muy difícil sacar conclusiones que sirvan para todo el mundo. Incluso entre personas aparentemente parecidas, hay quien se ríe con ciertas cosas que a otros no les hace ni puñetera gracia, y viceversa, y el asunto va más allá del nivel cultural o la inteligencia. No tiene nada que ver. Hay quien disfruta con el humor absurdo y ácido de los Monty Python o quien prefiere el sencillo humor cañí de Los Morancos. Creo que ninguna opción es mejor que la otra, aunque probablemente una de ellas te haga más cosquillas en las neuronas.

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Como es de esperar, ni los buenos son tan buenos, ni los malos tan malos.

Con Tucker & Dale pasa un poco de esto. Para comenzar, tengo que reconocer que conseguir una comedia de terror que realmente me haga reír es extremadamente complejo. Normalmente, cuando así sucede es más por motivos de una falta de calidad tan extrema que sólo produce carcajadas lo que -quizás- estaba pensado para generar miedo. A veces la risa se consigue a propósito, y en otras, involuntariamente, lo cual debería ser en este segundo caso motivo de vergüenza para sus productores.

En el film que nos ocupa, la sinopsis ya nos avanza prácticamente toda la película: dos amigos bonachones (los susodichos Tucker y Dale) con pinta de paletos de pueblo deciden pasar unas vacaciones en una cabaña que tienen en un lago de Virginia. Allí se cruzarán con un grupo de adolescentes de ciudad que también se escapan a relajarse al campo, pero, debido a ciertos errores de interpretación, éstos deciden que los dos amigos son tipos muy peligrosos y sospechosos.

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Clásico grupo de idiotas adolescentes norteamericanos listos para morir.

Como se puede adivinar fácilmente, la película acaba siendo una cadena absurda e imbécil de sucesos en la que los inocentes protagonistas son tomados erróneamente por asesinos en serie cuando nunca han roto un plato en su vida. No hay más. Las previsibles bajas del grupo de los adolescentes a veces son tan estúpidas que no hay por dónde coger el asunto, y el planteamiento general no pasa de ser simplemente curioso. Igual lo ves tú y te tronchas -no lo sé- pero a mí me pareció aburrido y prescindible.

Pese a todo, no puedo negar la originalidad del punto de partida, pero, bajo mi punto de vista, el desarrollo no es merecedor de tantas alabanzas como se puede leer por ahí. Siempre se ha dicho que es mucho más difícil hacer reír que llorar, y esa es una verdad como un templo a la que quizás debamos añadir que, además, resulta mucho más sencillo producir miedo que provocar la risa, y conseguir una comedia de terror que funcione es una misión que muy pocos pueden alcanzar con éxito.

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“Emmm… ¡Esto no es lo que parece!”

En fin, Tucker & Dale contra el mal gustó a la mayor parte de aficionados al género que la vieron y la evaluaron. A mí, rotundamente no, y por eso he querido dejar constancia de una opinión negativa que no he podido encontrar en ninguna parte. Si no la has visto aún, probablemente no deberías tener en consideración mi punto de vista, sino el del resto del mundo, pero al menos ahora, si piensas como yo, quizás te sientas un poco menos solo. 

Pablo Ortiz

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