La Hermandad, terror patrio deslucido

¿Una película española de terror, ambientada en un monasterio y protagonizada por Lydia Bosch? Eso es digno de verse, sea cual sea el resultado. Hoy hablamos de La Hermandad, del primerizo Julio Martí Zahonero.

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La verdad es que no acudía yo con grandes expectativas a ver esta película, especialmente si nos atenemos a su escasa repercusión en salas de cine y a algunas demoledoras críticas que se pueden leer por la red. Lo cierto es que no deja de ser chocante la elección de quien todos recordamos como la cuñada/novia de Emilio Aragón en Médico de Familia para realizar un papel protagonista de una cinta de terror. No obstante, yo, que soy amante de muchas causas perdidas, decidí darle una oportunidad.

Tengo que reconocer que el comienzo es ya desasosegante, y no en el buen sentido, por desgracia. Introducción plana, sin atractivos, sin ambición, y, tras una corta secuencia de conducción que es para olvidar de lo mal hecha que está (aquí es donde chirría el carácter modesto de la producción), la protagonista acaba por arte de magia en un extraño y aislado convento habitado por unos monjes no menos peculiares. Ahí es donde la ambientación dará lo mejor de sí, con especial mención a la perfecta presentación de ciertos escenarios, si bien uno no acaba de creérselos completamente, pues no todo lo que vemos tiene una factura tan correcta. Por momentos, uno desearía ver algo parecido al clásico de El nombre de la rosa o incluso una evocación en imagen real del mito del videojuego español, La Abadía del Crimen, pero me temo que el asunto anda un poco lejos de todo eso. 

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Estamos, sin duda, ante una producción de bajo presupuesto, lo cual conlleva sus limitaciones, pero el problema principal de todo es un guión francamente mejorable (obra del propio director), que, aunque no es totalmente prescindible, lo cierto es que no aporta nada nuevo al género, contando con un giro final que, aun partiendo de una premisa con bastante potencial, hubiera dado mejor resultado con un tratamiento más sutil y cuidado.

La interpretación de Lydia Bosch, a pesar de la opinión de aquellos que la sitúan al nivel del fango, no creo que sea tan mala. Está claro que no es una gran actuación, no es Nicole Kidman en Los Otros, ni lo podría ser en un millón de años, pero tampoco es para rasgarse las vestiduras. Se transmite en todo momento, eso sí, un tono pseudo-amateur que impide una mayor inmersión en lo que la película nos está contando. También hay secundarios muy potables y secuencias logradas, pero no abundan, francamente.

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No faltan en La Hermandad todos los lugares comunes habidos y por haber de las cintas de terror: clásicos chirridos de puertas, susurros por aquí y por allá sin mesura ni control, sustos facilones a base de subir el volumen, típicas apariciones misteriosas a la espalda de la protagonista… No es que todo ello no deba estar, pero vamos, que son elementos que ya hemos visto millones de veces antes y, desgraciadamente, con más calidad. Al final se queda uno con la sensación de que no hay nada que esté tan rematadamente mal (bueno, igual lo del coche del principio, sí), pero en conjunto queda un resultado deslucido y la sensación de que, con un enfoque más experimentado, el producto hubiera mejorado bastante.

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La Hermandad tuvo la osadía de presentarse como candidata a los premios Goya 2014 en nada menos que 15 categorías, de las cuales, sin resultar extraño, no se derivó ninguna nominación, ni siquiera en aspectos técnicos, que es donde más posibilidades podría haber tenido éxito. Y, hombre, no estoy a favor de despellejar la película, pero tampoco creo que sea un producto para destacar entre lo mejor del cine español. Supongo que la productora, Green Star Films, quiso ver si sonaba la flauta, lo cual favorecería la difusión, cosa que es comprensible hasta cierto punto, pero entiendo perfectamente que ese reconocimiento no llegara.

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La Hermandad no es un entretenimiento indigno; de hecho, se deja ver, aunque está claro que tiene muchas cosas que mejorar. Teniendo en cuenta la cantidad de material de dudosa calidad de origen yanqui que inunda las carteleras españolas, yo preferiría que se apostara en su lugar por los autores nacionales. Aquí también se puede hacer cine de terror en condiciones, pero hace falta un cierto apoyo. Sin embargo, probablemente se requiera un escalón más de lo que esta película nos ofrece para encandilar al gran público, más allá de atraer la curiosidad de aventureros de lo desconocido como un servidor. Se trata de un interesante primer paso en la carrera del director y guionista Julio Martí Zahonero, que -esperemos- le sirva para poder ofrecer un producto mucho más evolucionado en el futuro.

Pablo Ortiz

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