¿Quién dijo miedo?

Hoy no hablaré de cine. Tampoco de videojuegos ni de cualquier otra forma de ocio. Hoy quiero hablar de una de las emociones más presentes en nuestras vidas (si no la que más): el miedo. Quizás algunos piensen que es exagerado afirmar algo así, pero a lo peor resulta que no se han parado a reflexionar sobre la cantidad de cosas que hacemos y dejamos de hacer en nuestro día a día por temor a algo.

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Todos tenemos miedo de algo. En realidad, a un buen puñado de cosas casi fijas y a otro más diverso. No conozco a nadie que no le tema a nada y dudo mucho que llegue a conocerlo. Quizás únicamente las personas que tienen la seguridad de la cercanía de la propia muerte sean las que menos temores tengan de cosas mundanas, pues ya no tienen importancia para ellos. ¿Quién va a temer, por ejemplo, a una guerra cuando sabes que te quedan dos meses de vida?

El fin de semana pasado, un buen amigo mío me dejó helado con una frase. Dijo que él no quería correr (lo que algunos estúpidos de hoy llaman running) por miedo a lesionarse y por la posibilidad de que ello le conllevara una baja laboral y, por tanto -según él-, un posible despido. Me consta que en la pila de actividades que él considera ‘prohibidas’ por dichos motivos se encuentra también algo tan normal e inofensivo como dar una vuelta tranquila en bici. Escalofriante. Hablamos de una persona joven y deportista, en buena forma. No cabe duda de que el miedo a perder su entorno de estabilidad le está condicionando de manera excesiva, como si pedalear por el carril bici fuera tan peligroso como el puenting o el salto base. Aunque no puedo compartir el razonamiento de mi amigo, tampoco puedo juzgarle. Un servidor es un tímido casi patológico, y eso no es más que una manera elegante de decir que le tienes miedo a lo que piensen los demás de ti, a hacer el ridículo, a quedar avergonzado, y nadie que no lo padezca se hace una idea de cuánto limita eso la vida de uno.

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Existe una inmensa variedad de temores y fobias a los que podemos adscribirnos. El gran miedo de la humanidad es, sin duda, el que atañe a la muerte. Probablemente es el que más condiciona todo lo que los seres humanos hacemos, y por tanto, el que más modifica nuestras acciones y comportamientos en la vida. Todas las religiones que existen y han existido provienen del miedo a morir, a la finitud de la existencia, a que no haya nada más, al hecho de no soportar que todo lo que nos rodea carezca de un sentido que podamos comprender. La figura de dios, en cualquiera de sus múltiples formas inventadas por el hombre (somos muy creativos para eso), es fruto indiscutible del miedo, y no hace falta que relatemos aquí (sería imposible) la innumerable cantidad de cosas que se han hecho en su nombre a lo largo de la historia.

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A pesar de lo anterior, el temor hacia la muerte no es en absoluto universal. Yo mismo no le tengo miedo, y no, no es chulería. En realidad, lo que me puede espantar es más bien el hipotético sufrimiento anterior, el dolor sin solución, la enfermedad, la degeneración progresiva del cuerpo o el padecimiento de aquellos seres queridos que se quedarán. No me quita el sueño el más allá, pues no creo en él. Y si existiera, magnífico: bonus track. De dios ya ni hablamos.

El cerebro humano está programado genéticamente para buscar la seguridad, la estabilidad. El comportamiento de las sociedades occidentales está dirigido en términos generales hacia el objetivo de alcanzar una situación económica que nos permita vivir con cierto nivel de comodidades, donde todo parezca más seguro y previsible. Repetimos patrones de generaciones anteriores con la ilusión de que el mundo al que nos enfrentaremos funcionará como una constante. La mayoría de nosotros invertimos gran parte de nuestro tiempo de vida y nuestros mayores esfuerzos realizando tareas que odiamos, siendo profundamente infelices, en pos de una cierta seguridad que, en el caso de conseguir, será tan frágil como un castillo de naipes en medio de un huracán. Sin embargo, todo es una ilusión. La realidad es puro cambio: es lo único seguro. Nuestro bienestar, la seguridad que perseguimos, no existe. Mañana por la tarde puede desaparecer como por arte de magia.

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Como especie consciente de sí misma, hemos inventado conceptos como la justicia, el bien y el mal. Se trata de términos artificiales que pretendemos controlar para dar un orden a lo que nos rodea. Las sociedades han sido (y siguen siendo) controladas en base a la manipulación de esos conceptos, a lo que es correcto o incorrecto, legal o ilegal, a lo que está permitido y lo que es pecado. Sin embargo, no hay justicia en la naturaleza, en el mundo en el que vivimos, y ese es otro de los grandes hechos que nos aterrorizan. El universo es indiferente respecto de la vida, y eso es muy difícil de asimilar. 

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El miedo es una respuesta psicológica instintiva hacia aquello que creemos que nos puede afectar negativamente, si bien el riesgo puede ser real o no. Desgraciadamente, controla nuestras vidas en mayor o menor medida, y deberíamos luchar contra él, pues es nuestro peor enemigo para ser felices. Poca gente se para a pensar en ello, pero es increíble lo diferente que sería nuestra vida si no le tuviéramos miedo a nada. Quizás sea una meta imposible, aunque está claro que sí hay mucho que podemos hacer para mejorar. Menos miedo es igual más libertad, del mismo modo que mayor conocimiento y experiencia repercuten en menos temores.

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Siempre me ha hecho gracia (volviendo al mundo del cine, que es la principal vocación del blog) que la gente considere las películas de terror como un género menor. Quitando la parte enfocada hacia el entretenimiento puro y duro -discutible, como todo-, siempre he pensado que contiene algunos de los films que más y mejor nos pueden hacer reflexionar sobre lo que realmente somos debajo de todas nuestras múltiples capas de comportamientos socialmente aceptables y políticamente correctos. El miedo es una emoción que la gente no quiere aceptar, aparentemente menospreciada por la sociedad, que tendemos a ocultar, pero está ahí y define nuestro verdadero yo. En realidad, echando mano de frases célebres, lo ideal sería que sólo le tuviéramos miedo al miedo, pero lamentablemente no es así. Tampoco es menos cierto que no hay peor enemigo que el que no tiene nada que perder. ¿Por qué? Porque no le teme a nada.

Y tú, ¿a qué le tienes miedo? Te invito a pensar en ello.

Pablo Ortiz

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