Frankenstein’s army: la atracción del absurdo

Hay ciertas películas que uno no sabe muy bien cómo defender, y sin embargo, te gustan. Podríamos encajarlas dentro de esa categoría tan de moda llamada ‘placeres culpables’ (o ‘guilty pleasures’ en inglés). Dicho de otro modo: te diviertes, pero casi que te avergüenzas de ello o, por lo menos, eres consciente de que lo que estás viendo es bastante malo, se mire por donde se mire. Frankenstein’s army es una de estas cintas.

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Esta película holandesa se llevó el año pasado una Mención Especial a la Mejor Película en la sección Panorama (diferente de la sección oficial) del Festival de Sitges, y yo, tras verla, entiendo las razones que le han llevado a recibir esa distinción, pero la verdad es que me cuesta bastante explicárselo a terceros. Aún así, lo intentaré.

¿Por qué resulta atractiva Frankenstein’s army para mí (y para el jurado del festival)? Bueno, daremos por descontado que os interesa el cine de terror. En caso contrario, nada de lo que diga a continuación tendrá sentido para nadie. Para algunos, se trata de puro cine de serie B, aunque yo no lo tendría tan claro.

Lo mejor de la película es que es una ida de olla de proporciones colosales, llevada a cabo con una ambientación más que correcta. Es de esas veces que lees el surrealista argumento (durante la 2ª Guerra Mundial, un descenciente del Dr. Frankenstein trabaja para los nazis, y está cosiendo restos mortales de sus propios soldados, reanimándolos y mandándolos de nuevo al frente), a continuación miras atónito el cartel y ya tienes unas irresistibles ganas de comprobar qué ha podido salir de semejante locura.

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El resultado es una película absurda a manos llenas, pero con la que es difícil no entretenerse. Está encuadrada dentro del subgénero de metraje encontrado. Lo que pasa es que, de entrada, esto ya es un absurdo total, pues nos tenemos que creer que un reportero del ejército ruso que lleva una cámara de mano es capaz de grabar prácticamente con calidad digital y un sonido perfecto, cuando en 1945 -que es aproximadamente cuando está ambientada-, prácticamente no había grabaciones con audio, ni a color, y ni de coña con cámaras portátiles.

A partir del momento en que aparecen las criaturas que desde el primer minuto estás deseando ver, se desata un espectáculo inenarrable en el que impera el más difícil todavía (o el más desquiciado), bastante gore, y unos hechos que van contra todo sentido común, pero ¿a quién le importa eso cuando estás viendo al ejército de Frankenstein? Si te tomas en serio todo esto, es que te has equivocado mucho de película.

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Los proyectos como éste se basan en llevar a imágenes ideas tan imposibles e idiotas como divertidas. Hay un segmento amplio del cine de terror cuyo único objetivo es plasmar de forma más o menos creíble argumentos que son producto de una mente enloquecida. Todos sabemos que esto no hay por dónde cogerlo. Unos prefieren que, además, todo los aspectos del film sean cutres y sin pretensión de seriedad, mientras que otros -entre los que me incluyo- preferimos una producción con la mayor calidad posible para que contraste con el absurdo planteamiento. Sea como fuere, creo que estas películas son simplemente un divertimento elaborado de los propios creadores, una especie de broma llevada a cabo con una cierta cantidad de dinero y que luego se comparte con el mundo.

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Probablemente sea muy difícil convencer a alguien ajeno a este mundillo de que películas como Frankenstein’s army son divertidas. Cosas como éstas componen nuestros personales ‘guilty pleasures’. Es igual de perdonable que cuando tu novia te obliga ver una comedia romántica… aunque, bien pensado, en realidad no lo es: ellas creen que eso es buen cine. En fin, aún hay cosas peores (y más terroríficas): hay quien ve Hombre y Mujeres y viceversa en Telecinco, y la Constitución Española les sigue reconociendo -inexplicablemente- como personas.

Pablo Ortiz

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